La importancia de hacer nada

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Este artículo fue escrito por Manfred Kets de Vries, distinguido Profesos de Desarrollo de Liderazgo y Cambio Organizacional en INSEAD, quien postula que al darle al cerebro un tiempo de inactividad, podemos mejorar nuestra salud mental y permitir la incubación de nuevas ideas.

“Aprender sin reflexionar es una desperdicio, reflexionar sin aprender es peligroso” Confucio.

En la sociedad interconectada de hoy en día, existe el riesgo de convertirse en víctimas de una sobrecarga de información. La introspección y la reflexión se han convertido en artes perdidas dado que la tentación por “terminar pronto” o “descubrir algo” es a veces demasiado grande como para resistirse. Pero trabajar más duro no implica necesariamente trabajar más inteligentemente. De hecho, holgazanear y reservar periodos para “no hacer nada” puede ser lo mejor que podemos hacer para inducir estados mentales que nutran nuestra imaginación y mejoren nuestra salud mental.

Estar ocupado vs ocupación productiva

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Nuestras vidas se han comenzado a definir por “estar ocupados”. Mira a tú alrededor cuando estés en la estación de trenes, en el café, en la calle: la gente está pegada a su aparato móvil o tablet.

Hace poco le pregunté a un ejecutivo que alguna vez entrené cuántos emails ella recibía al día: “Quinientos”, me dijo. “Pero no leo ninguno de ellos. Si lo hiciera, no estaría haciendo mi trabajo”. Me dijo que el desafío era no digerir la información, sino que “apartarla para no sufrir de una sobredosis de información. Necesito tiempo para pensar”.

Helen, como la llamo, tiene un asistente que revisa todos sus correos y con el cual pasa un par de horas a la semana discutiendo aquellos que pudieran ser problemáticos. “No me pagan para hacer ese tipo de trabajo”, me explicó, “si me encuentro tan ocupada haciendo lo que la gente espera que haga, no habría tiempo para hacer lo que debo hacer. No puedes ser creativa a un ritmo cibernético”.

Helen tiene razón y he aprendido por experiencia que mucha gente sería mejor si hicieran menos y reflejaran hacer más.

Pero hacer nada nunca ha sido aceptable.

Lo asociamos con irresponsabilidad, con desechar nuestra vida. La mayoría de nosotros se siente culpable si no tenemos nada que hacer. Por otra parte, nos hace ruido cuando nos sentimos demasiado ocupados. Los comportamientos que inducen a la distracción como revisar el correo estimulan al cerebro para disparar dopamina al sistema sanguíneo lo que nos provoca una precipitación y apuro que hace más difícil el detenernos.

El peligro es que podemos perder nuestras conexiones, no sólo con el otro sino que con nosotros mismos. Si no nos permitimos periodos de pensamiento ininterrumpido y de asociación libre, entonces el crecimiento, las ideas y la creatividad personal tienen muchas menos posibilidades de emerger.

La importancia del aburrimiento

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El no hacer nada y el aburrimiento se encuentran estrechamente conectados, de acuerdo a lo informado en mi más reciente ensayo “Hacer nada y no tener nada que hacer: El valor escondido del tiempo vacío y el aburrimiento”. Mientras a la gran mayoría de nosotros les puede ser difícil tolerar el aburrimiento en muchas instancias, también puede ser el preludio de algo más. Puede gatillar nuestra imaginación y creatividad. En cierto sentido, el aburrimiento puede ser visto como un punto de partida, una fuente importantísima que nos fuerza a buscar lo poco conocido.

Pero en la era cibernética, donde tenemos una casi infinita selección de tipos de entretención y distracciones a la mano, nos es más fácil encontrarnos en un estado de constante ajetreo que de no hacer nada. Nuestras frenéticas actividades en el ciberespacio (un mundo de hiperactividad y multitareas), nos ayuda engañarnos a creer que estamos siendo productivos. La realidad indica que los medios de comunicación social son muy reactivos pero no muy originales. Impiden la creatividad y pueden impactar la salud mental. Si no sabemos calibrar el equilibrio entre acción y reflexión podemos convertirnos en victimas de agotamiento psicológico.

El trabajo

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Desafortunadamente, en organizaciones modernas, los adictos al trabajo son altamente fomentados, apoyados e, incluso, premiados. El insidioso desarrollo de la defensa maníaca de este comportamiento es difícil de contrarrestar dado que dicho tipo de comportamiento es útil para las organizaciones. Además, existe un elemento de control: “Le estoy pagando a esa persona un buen salario, ¿por qué no está en su escritorio trabajando?”

Pero no existe necesariamente una relación entre trabajar duro y trabajar inteligentemente. De hecho, un ambiente trabajólico podría contribuir a problemas serios de salud mental y personal incluyendo baja moral, depresión, abuso de sustancias, acoso laboral, crisis en las relaciones y ausentismo por sobre el promedio.

Los ejecutivos más exitosos son aquellos que pueden tanto hacer ,como reflexionar, lo que implica desconectarse a sí mismo de la compulsión de mantenerse ocupado.

Incubando ideas mediante el pensamiento subconsciente

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No hacer nada o no tener nada que hacer son oportunidades valiosas para estimular los procesos de pensamiento inconscientes. El pensamiento inconsciente sobresale en la integración y asociación de información mediante el transporte subconsciente de búsquedas asociativas a lo largo de nuestra amplia base de datos de conocimiento. En esta región de la mente nos encontramos menos limitados por asociaciones convencionales y más propensos a generar ideas nuevas que cuando no enfocamos conscientemente en resolver un problema.

El resultado de estos procesos no siempre entra inmediatamente en nuestra consciencia. Pueden necesitar algo de tiempo para incubarse. Aquí, la sugerencia es que el no hacer nada o el holgazanear, así como ser lo mejor para nuestra salud mental, también se puede presentar como la mejor manera para resolver temas complejos.

Un buen resolvedor de problemas continúa trabajando inconscientemente en un problema luego de abandonar el trabajo consciente. Creativas soluciones pueden ser encontradas al trabajar intermitentemente en el problema mientras se atiende a las actividades mundanas, como caminar, manejar, leer o jugar con los niños.

Los beneficios de sintonizar y enfocarse en el presente están ganando popularidad en el mundo corporativo teniendo a varios ejecutivos dejándose llevar por la meditación consciente para ayudar con la toma de decisiones y la solución de problemas. Esto puede ser una solución parche en caso que un ejecutivo trabaje obsesionadamente por nueve horas que después vaya a una sesión de meditación consciente al final. Lo ideal sería tomarse un tiempo durante el día. Una caminata en las afueras o pasar tiempo con tus pies fuera del escritorio puede resultar más productivo que trabajar en tu horario de colación.

El pintor italianao Giorgio Vasari lo resumió bien cuando dijo: “Los genios logran muchas más cosas cuando trabajan menos”.

Hay muchos ejemplos conocidos de ideas brillantes que le vinieron a la gente “de la nada”, desde Arquímedes y su baño de tina, hasta Newton en su Jardín de Lincolnshire y Paul McCartney habiendo despertado un día teniendo lista la melodía de “Yesterday”.

El tiempo de incubación se puede presenter de muchas maneras. Compañías como 3M, Pixar, Google, Twitter y Facebook han hecho del “tiempo de desconexión” un aspecto clave en sus lugares de trabajo.

Reconocer la necesidad de trabajar inteligentemente

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Usualmente el resultado de que estamos trabajando muy duro (y no lo suficientemente inteligente) se ve cuando nos encontramos en un lugar donde siempre hay más por hacer. Nos hacemos los tontos al pensar que si hacemos sólo una cosa más podremos relajarnos. Este tipo de pensamiento es delirante. O nuestra lista de cosas por hacer se alargará o sentiremos que podemos hacer las cosas un poco mejor. Si quedamos estancados en este tipo de pensamiento, es hora de bajarse de la máquina corredora y darnos un respiro. Y sorprendentemente, usualmente luego de un periodo de desconexión, el problema se verá bastante diferente y podremos darnos cuenta que la respuesta estuvo ahí mismo todo este tiempo, mirándonos directamente a los ojos.

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