La decisión que me convirtió en millonaria antes de cumplir 40 años

woman-reading-in-front-of-water
Síguenos en Facebook

Este artículo fue escrito por Laurie Itkin, Dailyworth. 

Como la mayoría de los niños, mi mamá recibía una mesada de su padre; pero a diferencia de la mayoría de los niños, ella recibió su mesada hasta los 60 años de edad. Mi abuelo firmó cheques a nombre de mi madre hasta el último día de su vida, ya que para ella era muy difícil llegar a fin de mes con su sueldo de profesora, y lograr atender las necesidades de sus dos hijos luego de su divorcio.

Mi madre se divorció de mi padre cuando yo tenía cuatro años. Luego se divorció de mi padrastro cuando yo tenía 10 años. Durante largo tiempo no hubo ninguna figura masculina en la casa, hasta que empezó el desfile de novios esporádicos.

De todos los novios de mi mamá, al que más recuerdo es a Robert. Mi madre parecía sentirse orgullosa y privilegiada de ser su novia. Él era mayor y tenía más dinero que cualquiera de los hombres con los que había salido antes.

Robert era un importante ejecutivo de marketing, dueño de una gran tienda en Pensilvania, bebía martinis, usaba zapatos italianos, manejaba un auto del año y era apuesto. Se había separado de su esposa que vivía en Florida.

Con mi hermano asumíamos que eventualmente se divorciaría y vendría a vivir con nosotros. Luego de que Robert me comprara un traje para mi concierto de piano, no podía dejar de imaginar toda la ropa que él sería capaz de regalarme.

Cuando Robert supo que él tenía cáncer, volvió a Florida para pasar sus últimos días junto a su esposa e hijos. Cuando murió, mi madre me dijo que la había “abandonado”, y a mis 14 años de edad me sentí muy confundida con la forma en que describió su dolor; pudo haber dicho que se sentía “triste” o “sola”, pero eligió la palabra “abandonada”.

Busqué la palabra en el diccionario, y decía que significaba que Robert había “dejado de mantenerla o de darle apoyo”, y decidí que nunca me permitiría llegar a estar en una situación tal de vulnerabilidad e impotencia, y desde ese momento decidí hacerme responsable de mi misma, con o sin figura paterna.

Mis abuelos paternos eran pobres. Mi abuela por ese lado murió cuando yo tenía 24 años de edad, y me dejó 1.600 dólares. A pesar de que quería gastar ese dinero como cualquier otra joven de esa edad (en ropa y zapatos), sabía que tenía que empezar a invertir en mi futuro. Tenía un trabajo, pero ya me habían despedido dos veces antes, lo que me llevó a concluir que no podía confiar en alguien más o en un trabajo para contar con la estabilidad económica que buscaba; por lo que tendría que construir dicha estabilidad por mis propios medios.

Mientras buscaba la forma de ahorrar o invertir esos 1.600 dólares, había una clara alternativa: comprar acciones. Recordé una presentación del Profesor Jeremy Siegel de la escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, que realmente me abrió los ojos. En la presentación, demostraba que al largo plazo (a pesar de los riesgos a corto plazo debido a las bajas) el mercado de valores generaba mayor rentabilidad que otro tipo de activos como bonos o depósitos a plazos. A mis 24 años de edad, tenía bastante tiempo por delante, y sabía lo mejor que podía hacer con mi dinero era invertir en acciones.

La decisión de invertir esos 1.600 dólares (y no solo invertirlos) fue lo más importante que hice en mi vida para generar riqueza, y es la razón por la que me volví millonaria antes de cumplir 40 años de edad, algo que no hubiera sido posible si hubiera guardado ese dinero en el banco.

Es por eso que me entristece leer artículos sobre la gran cantidad de jóvenes que están evitando el mercado de valores y guardan su dinero en efectivo. Es un hecho matemático que tu dinero no va aumentar si lo guardas bajo el colchón o en cuenta bancaria en la que generas casi 0% de interés. Sin embargo, de acuerdo a un reciente estudio reveló que sólo la mitad de las mujeres de esta generación consideran que la Bolsa es el mejor lugar a invertir para jubilar, y solo un 9% está guardando al menos un 10% de su sueldo.

Estoy haciendo lo que puedo para cambiar esta tendencia. Si puedo inspirar a un 1% más de mujeres a que no sólo ahorren parte de su sueldo, sino que lo inviertan en acciones, imaginen la cantidad de millones de dólares que podemos llegar a generar como mujeres.

¿Acaso fue fácil pasar de tener 1.600 dólares a casi 1 millón de dólares en sólo 15 años? ¿Tuve suerte al elegir una acción al azar cuyo valor resultó duplicarse cada año? Por supuesto que no. Tuve que añadir parte del dinero que ganaba en el trabajo de forma constante a mis cuentas para la jubilación, pero tampoco fue tan difícil como se imaginan.

En mi libro “Every Woman Should Know Her Options: Your Way to Financial Empowerment” (en español: Toda mujer debería conocer sus opciones: el camino hacia tu empoderamiento financiero), explico las decisiones y compromisos que tuve que tomar respecto a mis gastos: adoptar un estilo de vida más bien austero, renunciar a la posibilidad de un posgrado (porque no quería otra deuda por préstamos universitarios), arrendar en lugar de comprar, y posponer el matrimonio y la idea de una familia.

Lo mejor del libro es que las mujeres pueden aprender de mis 20 años de experiencia en inversiones a través de ejemplos y lenguaje cercanos.

El camino hacia un empoderamiento económico puede ser largo y algo irregular, pero es posible, con o sin un esposo o una figura paterna. No hay mejor momento para invertir que el presente, sin importar tu edad, y no necesitas una gran suma de dinero para empezar. Si tienes un plan de jubilación, haz lo posible para aumentarlo.

No dejes que el miedo a tomar malas decisiones con tu dinero te detenga. Al invertir, a veces ganas dinero y a veces pierdes. Pero mientras antes empieces, y logres hacer contribuciones de forma habitual para mantener tu inversión al largo plazo, puede que te vuelvas millonaria.

Original.

Síguenos en Facebook